EL MAGACÍN DE SM
PARA LA FORMACIÓN DEL PROFESORADO
El reportaje
Autoconcepto y autoestima, claves para el aprendizaje
La forma como se ve y se valora alguien a sí mismo tiene un impacto determinante en su éxito académico. Pero el autoconcepto y la autoestima no son dos fotografías fijas y distintas, son elementos en evolución, que se interrelacionan y se influyen mutuamente y ayudan a configurar la identidad. En cualquier etapa educativa, los enseñantes pueden poner las condiciones para que las personas a su cargo mejoren lo que piensan de ellas mismas y tengan así más opciones de éxito académico y bienestar personal.
Primero, el autoconcepto
Vaello define autoconcepto como «el conjunto de creencias y opiniones que cada uno tiene sobre sí mismo, y que influye en las acciones que ejecuta, el esfuerzo que les dedica y lo que piensa al realizarlas». Por su parte, Antonio Ferreira, psicólogo especialista en acompañamiento a padres y docentes, para diferenciar autoestima de autoconcepto, explica: «El autoconcepto quizá podríamos entenderlo como algo más descriptivo, que, aunque no podría serlo nunca del todo, es algo más objetivo; de alguna manera, describe la realidad».
Ambos autores hablan del autoconcepto como algo que no es monolítico. En palabras de Vaello, «Hay un autoconcepto general (cómo me veo globalmente) y autoconceptos específicos (cómo me veo como estudiante, como madre, como deportista…)». Y añade la especial relevancia que, para los enseñantes, tiene el autoconcepto académico, o sea, «el conjunto de creencias del alumno referidas a la propia competencia para afrontar retos escolares, y que es uno de los factores determinantes del éxito académico».
Del autoconcepto a la autoestima
A menudo se confunden autoconcepto y autoestima, dos ideas interrelacionadas pero cada una con sus elementos definitorios, tal como resume Ferreira en una sola frase: «La autoestima sería como una especie de autoconcepto que lleva aparejado un juicio de valor». Para López Rodríguez, la autoestima puede definirse como «el resultado de la diferencia entre el concepto que uno tiene de sí mismo y el ideal que se pretende. A menor diferencia, mayor autoestima y, por tanto, mejor valoración de uno mismo».
López Rodríguez enumera tres influencias que configuran la autoestima: las experiencias anteriores (por ejemplo, un alumno que siempre ha obtenido un mal resultado en un ejercicio); la opinión de las demás personas (familia, profesorado, compañeros); y la aceptación de sí mismo.
La identidad es una suma
Ferreira explica qué es la identidad a partir de la oposición entre los verbos ser y estar: «No es lo mismo decir que soy una persona triste a que estoy triste». Y también mediante el verbo hacer: «A partir de hacer muchas cosas acabo siendo algo. Esto es una pescadilla que se muerde la cola, porque, al mismo tiempo, aquello que yo creo que soy, es decir, mi identidad, me lleva a hacer siempre determinadas cosas». En definitiva, la identidad es el resultado de una suma de acciones coherentes. Para ilustrarlo, pone el ejemplo de una persona que tiene de sí misma el concepto de ser tímida, y eso la lleva a no participar, a no arriesgar a no interaccionar, con lo que va construyendo su identidad como persona tímida. Es un fenómeno importante, porque «cuando un niño o una niña acaba creyendo que es algo, y por tanto se identifica con algo, va a cumplir un papel así toda la vida».
El tiempo, explica Ferreira, hace que la identidad sea más difícil de cambiar. Por eso es tan importante tener en cuenta las etiquetas, los juicios que van haciendo los niños sobre sí mismos, muchas veces en silencio. Cuando ya está forjada, la identidad es algo «automático», y solo se puede cambiar «por medio de la consciencia», o sea, de darse cuenta de lo que está ocurriendo.
El colectivo interdisciplinar de investigadores de la UAB Convives nos recuerda que la construcción de la identidad viene condicionada por el contexto en que se realiza: «Es importante tenerlo en cuenta para, desde nuestro liderazgo como referentes educativos, tomar conciencia de qué estilos relacionales y comunicativos y qué valores estamos ofreciendo como modelo». Según Convives, niñas y niños van a ir creando y valorando su identidad a base de las experiencias, oportunidades de expresarse, relaciones, valores y forma de interacción que se fomenten en la escuela.
La edad importa
El autoconcepto, la autoestima y la identidad van cambiando con la vida de una persona. Como hemos visto, son más difíciles de modificar con el paso del tiempo, y empiezan a tomar forma en la más tierna infancia. López Rodríguez explica la importancia de la familia: «En los primeros meses de la vida de un niño ya empieza a conformarse una autoestima inicial que se irá transformando para acomodarse al entorno y a las sucesivas experiencias vividas, acumuladas a lo largo de los años. La relación familiar tiene una importancia vital en la autoestima inicial, pues los niños que se han visto privados del cariño del hogar y que, por ello, han llegado a interiorizar una primera idea basada en conceptos como «No soy importante para mis padres», «Soy una pesada carga para ellos», ya presentan un germen negativo que conformará una autoestima inicial baja». Y añade que, para el niño, también son muy importantes sus pares: «Desde los primeros años de su vida hasta la adolescencia, la forma como los niños se ven a sí mismos varía espectacularmente. Muy pronto empiezan a autovalorarse mediante la comparación de sus atributos o habilidades con los de sus compañeros o amigos».
Por su parte, Ferreira recuerda que Alfred Adler, padre de la psicología individual, señala que, en sus primeros cuatro años, la niña y el niño elaboran una especie de patrones que le van a servir a lo largo de la vida. El niño, dice, construye su identidad a partir de lo que observa e interpreta, a pesar de que su neocórtex todavía no está desarrollado; toma decisiones sobre cómo comportarse a partir de su sentido de pertenencia, elabora conductas que le hacen pensar que pertenece, y por eso, si está en un ambiente donde no se le hace caso, se puede convertir en una persona disruptiva.
La contrastada importancia de la primera etapa de la vida no significa que no tenga que trabajarse el autoconcepto en el resto de la infancia y la adolescencia. «Aunque a los nueve años ya se suele tener un autoconcepto bastante definido, el profesor debe procurar estar atento a los alumnos con un acusado déficit en él con el fin de hacerles ver que todos tienen potencialidades que explotar, y que si lo intentan, van a recibir las ayudas necesarias», explica Vaello.
Trabajar en el aula
Anna Forés incide en la necesidad de poner en el aula las condiciones para mejorar el autoconcepto de los niños y niñas y fortalecer su autoestima: «hay que hacer como dinámicas donde cada niño, cada niña pueda tener su momento de gloria (Wonder, la película, o el libro, te dicen que todo niño o toda niña necesitan, en algún momento, una ovación). Entonces, eso, en la metodología, o en como tú distribuyes el aula, o como tú haces que pasen cosas, es posibilitar que estos niños y estas niñas no sean invisibles. Porque, si no, se quedan arrinconados o silenciados, y con mucho dolor dentro».
Forés insiste en la importancia del vínculo, de hacer que cada niño o niña encuentre su lugar en la escuela, en el aula: «todos necesitamos ser reconocidos y formar parte de; cuando tú, a un niño, lo excluyes, por equis motivos (porque no se porta bien…), le estás robando esa oportunidad, justamente, de aprendizaje, y de ser en sí mismo. Entonces, cuán importante es verlo, y ver qué me está pidiendo. Porque, a lo mejor, un comportamiento disruptivo en clase es una demanda de afecto, o una demanda de “te estoy pidiendo ayuda”».
En su trabajo sobre cómo enseñar a los reticentes, Vaello explica que, incluso con estos, el docente puede ayudar a trabajar la autoestima. Puede, por ejemplo, hacer entrevistas periódicas con un alumno (para averiguar de qué es capaz y qué está dispuesto); conseguir que crea en sus posibilidades; adaptar los objetivos y la dificultad de las tareas; acordar con él un plan progresivo; procurar que se sienta seguro, respetado y aceptado; enseñarle a considerar el error como oportunidad; y potenciar su participación en clase. Para Vaello, «es obvia la necesidad de promover en los alumnos un autoconcepto realista, basado en la confianza en las propias posibilidades, pues un autoconcepto negativo hace dudar de la capacidad para resolver tareas, aun cuando parezcan de interés, llevando a la búsqueda de excusas para no realizarlas y a intentos por tener éxito en otras facetas incompatibles con la clase».
Para Convives, una escuela democrática, basada en la tolerancia, la solidaridad, la colaboración y la gestión positiva de los conflictos, dará oportunidad a todos y a todas para expresarse y apreciará la diversidad de identidades. Con ello «van a ganar, individualmente, en autoestima y, colectivamente, en convertirse en un grupo cohesionado y al servicio de la colectividad, sin estereotipos, sin preconceptos, sin exclusiones».
La influencia del docente es vital
La opinión del educador tiene un peso determinante en la autoestima de sus alumnos. Como dice López Rodríguez, «la opinión manifiesta que tenga el profesor o profesora de sus alumnos les influirá de una manera muy directa». Por eso tiene que evitar las expresiones de rechazo o desprecio hacia sus alumnos, ya que estas son escuchadas por sus destinatarios y el resto de la clase. «La interrelación educadores-alumnado es de importancia capital para la mejora de la autoestima. Nada es tan importante como el éxito y el reconocimiento», añade.
También Ferreira pone en valor el lenguaje del docente: «la educación tiene que estar atravesada fundamentalmente por dos elementos, el lenguaje respetuoso y la firmeza. No podemos caer ni en el lenguaje dañino, ni cuando humillamos, cuando hacemos daño, cuando castigamos, cuando hacemos sentir mal». Y añade: «Tenemos muy metido en la cabeza que, si el niño se siente mal, va a cambiar su conducta, y es justo lo contrario».
Vaello avala la importancia de los «refuerzos sociales», que califica de «indispensables para consolidar conductas, sobre todo en edades próximas a la adolescencia». Explica que el reconocimiento de la labor o del esfuerzo, la atención positiva o el agradecimiento por contribuir a un buen clima permiten a los alumnos salvaguardar su posición y mejorar su autoestima: «Escuchar de labios del profesor un «gracias por ayudarme» o un «te agradezco que colabores conmigo» no merma la autoridad del profesor y propicia cambios de conducta difíciles de conseguir por otros medios». Para Vaello, los refuerzos pueden ser verbales (comentarios halagadores, conversaciones amigables…) y no verbales, (proximidad, contacto ocular, expresiones de aprobación…); y, para ser eficaces, deben cumplir con las condiciones de inmediatez (respecto a la conducta), concreción (reforzar la conducta), subjetividad (solo son refuerzos si se interpretan como tales) y uso limitado (para que el receptor no se habitúe).
Por su parte, Anna Forés aporta su reflexión sobre la importancia de la mirada del docente: «Nuestra mirada es muy poderosa. Si nosotros, cuando vemos ese niño o esa niña, ya lo etiquetamos de lo que sea, y lo estamos limitando, el ejercicio que hagamos sobre él también será muy limitante. En cambio, si (el efecto Pigmalión), si yo ese niño o esa niña los veo con muchas posibilidades, también haré que fácilmente esas posibilidades estén ahí».
La permisividad no sirve
No hay que confundir la importancia de los refuerzos sociales con la permisividad o con bajar el nivel de exigencia. La permisividad no sirve para mejorar el autoconcepto o aumentar la autoestima. «La autoestima, sobre todo, tiene que ser algo intrínseco, es decir, que lo haya logrado yo, no que alguien, desde fuera, me diga que está contento conmigo, que está feliz conmigo, que soy muy bueno. No. Eso está bien que nos lo digan, pero la autoestima se hace fuerte, mi autoconcepto se hace potente, cuando yo consigo lograr las cosas. Y, por tanto, necesito que, detrás de mí, haya un adulto que no me compre el cuento de que no puedo, que no me compre el cuento de que esto es difícil, sino que me diga “vale, no te sale, no puedes, vamos a ver cómo lo podemos conseguir”», explica Ferreira.
En la línea de no rebajar el nivel más de la cuenta, se manifiesta también López Rodríguez: «Para conseguir una mejora de la autoestima es importante que se le propongan a los niños objetivos a su alcance, ni exageradamente complicados ni demasiado sencillos. Es conveniente, por un lado, garantizar un elevado porcentaje de logros y, por otro, un pequeño porcentaje de fracasos para evitar el exceso de confianza y motivar la mejora».
La escuela, con la familia
Dice Ferreira que «el principal agente que influye en un niño son los padres o la familia», y por eso la escuela se debe tomar en serio el trabajo que hace con los padres. Para trabajar con estos, propone usar la tutoría, una «herramienta fantástica», un trabajo personal donde el docente se sienta con la familia y, en muchos casos, conoce de primera mano dificultades que están apareciendo y que no se van a contar a nadie. «A veces, es el primer testigo de lo que está pasando. Creo que deberíamos entrenar, deberíamos entrenarnos en cómo acompañar a las familias para que, a su vez, las familias acompañen», argumenta.
Para el psicólogo, «es la escuela la que debe buscar la manera de formar a los padres», trabajar con ellos para tener un lenguaje común y que, cuando los docentes estén en las tutorías con ellos, puedan hablar de educación firme y respetuosa, de técnicas como las preguntas de curiosidades, de solución de problemas… «Muchas familias están perdidas porque no saben hacer otra cosa, porque nadie les ha dicho nada. Y este es un grave error, es una falla social. No hay ningún tipo de formación sobre educación y la neurociencia nos está dando elementos muy importantes. De ahí la importancia de que leamos y de que estemos», insiste.
Preparados para responder al mundo
Fortalecer un autoconcepto positivo, aumentar la autoestima, ayudar a crear una identidad saludable durante los primeros años de vida prepara a las personas para enfrentarse al mundo. No las aislará de la cultura, de los compañeros de generación, de las redes sociales ni de los modelos que verán por la televisión; pero, si están fuertes, si están preparadas, podrán hacer frente a esos elementos. Como dice Ferreira, «si yo estoy débil, si yo me he vuelto dependiente, si yo tengo miedo a que no me quieran, a que me abandonen porque lo he dudado de mi infancia, entonces, me meteré en una relación tóxica o me acabaré creyendo que mi físico es muy importante, o es lo más importante de todo, o me voy a creer que una instagramer es feliz porque sale muy feliz contando lo que está haciendo, y me creo que su vida es maravillosa, y por tanto la mía, como es una vida corriente, considero que es una vida desdichada y amargada».
Para Ferreira, la escuela tiene que ser el gran elemento que oriente, que ayude, con la complicidad de las familias: «Bueno, ahora, en la escuela, hay una revolución pedagógica. Estamos hablando de inteligencia múltiple, estamos hablando de diversidad, se están conquistando muchas cosas con el tema de la diversidad y el respeto a la diversidad. También a la diversidad de mi entrenamiento, de mis destrezas. La escuela tiene que ser la gran orientadora, y creo que su gran función, ahora mismo, es orientar a los padres».
Referencias bibliográficas
Forés. A. (29 de enero de 2016). EHattie, resultados de su investigación 800 meta-análisis.